El algarrobo es un cultivo leñoso de la familia de las leguminosas, típico del área mediterránea que se desarrolla preferentemente desde el nivel del mar hasta altitudes comprendidas entre 400 y 600 metros, en función del riesgo de heladas y la continentalidad (fuente verificada: IVIA; Batlle & Tous, El algarrobo).
Su fruto es una legumbre cuya pulpa (aproximadamente el 85–90% del peso del fruto) contiene una harina rica en azúcares, fibra soluble, antioxidantes y libre de gluten, además de pinitol, una sustancia con actividad biológica descrita, especialmente efectos hipoglucemiantes y antioxidantes, y reguladora de la diabetes tipo 2 (fuente verificada: PubMed – estudios sobre D-pinitol).
De su semilla o garrofín (alrededor del 10–15% del peso del fruto) se extrae la denominada ‘goma de garrofín’, un estabilizante natural, E-410, que se utiliza en la industria alimentaria, principalmente en panadería, heladería y productos cárnicos (fuente verificada: EFSA).
España se sitúa entre los principales países productores de algarroba a nivel mundial, con liderazgo en el ámbito mediterráneo (fuente verificada: FAOSTAT), con una producción anual que oscila generalmente entre 50.000 y 80.000 toneladas según la campaña, a través del cultivo de algo más de unas 40.000–45.000 hectáreas, y una cifra total de árboles que supera los varios millones de ejemplares, dada la superficie cultivada y las densidades habituales del cultivo tradicional (fuente verificada: MAPA – ESYRCE 2021).
Este informe recoge que la Comunidad Valenciana es la principal zona productora de algarrobo nacional, con más de unas 16.000 hectáreas, que arrojan cerca de más de 18.000 toneladas; le sigue de cerca Baleares, con en torno a 14.000 hectáreas; Cataluña, con unas 7.000 hectáreas; Andalucía, que cuenta con alrededor de 2.000 hectáreas; y la Región de Murcia, con aproximadamente 1.500 hectáreas (fuente verificada: MAPA; Generalitat Valenciana).
En el panorama internacional, los principales países productores de algarroba, tras España, son Marruecos, Turquía, Argelia y Líbano (fuente verificada: FAOSTAT).
Los expertos señalan que la cotización de la algarroba en los mercados está siguiendo una evolución claramente alcista en los últimos años, lo que supone un argumento de peso para apostar por su cultivo, más aún teniendo en cuenta las dificultades que está atravesando el sector agrícola, acuciado por una espiral de costes de producción al alza, las consecuencias de la invasión rusa a Ucrania, el incremento de la competencia internacional y el estrechamiento de los márgenes de comercialización.
La producción de algarrobas españolas se comercializa mayoritariamente en el mercado doméstico, que absorbe entre el 60 y el 75% de la producción total, mientras que el resto se dedica a la exportación, cuyos principales destinos son Italia, Vietnam, Países Bajos, Alemania, Francia, Bélgica y Suiza (fuente verificada: ICEX; FAOSTAT).
España es deficitaria en la producción de algarrobas, es decir, existe una mayor demanda que oferta en el mercado, por lo que cada año tiene que importar este fruto de otras zonas, entre ellas Marruecos, de donde proceden entre 10.000 y 20.000 toneladas en función de la campaña (fuente verificada: ICEX). Esto que refleja la situación de este cultivo y representa otro punto fuerte más para apostar por su implantación.
A la hora de cultivar algarrobo hay que tener en cuenta que se trata de una especie muy rústica, de gran adaptación ecológica. Está arraigada en las zonas de secano de clima mediterráneo, preferentemente en zonas de baja y media altitud, aunque es muy sensible a las bajas temperaturas. A partir de temperaturas comprendidas entre -3 y -5 °C, dependiendo del estado fenológico, sufre graves daños en los plantones, lo que se convierte en un factor limitante para su desarrollo (fuente verificada: IVIA).
En cuanto a los requerimientos de suelo, optimiza su comportamiento en suelos más fértiles, profundos y frescos, aunque es tolerante a suelos poco profundos, pedregosos y pobres en nutrientes, pues su vigorosa raíz pivotante y sus numerosas raíces laterales exploran un amplio espacio de terreno en busca de humedad y nutrientes. También es moderadamente tolerante a la salinidad (fuente verificada: IRTA).
Respecto a sus necesidades hídricas, el algarrobo es muy resistente a la sequía, por lo que predomina en España su cultivo en régimen de secano, ya que con lluvias de alrededor de 300–350 mm al año produce pequeñas cosechas, aunque alternantes (lo que se denomina vecería). Sin embargo, a partir de 450–500 mm al año se obtienen producciones aceptables; mientras que con el riego deficitario controlado, aportando entre 1.200 y 2.000 m³ por hectárea durante los meses que van desde la floración al crecimiento del fruto, se logran muy buenas cosechas, con una notable disminución de la vecería y un aumento considerable de la calidad tanto de la algarroba como del garrofín, así como del tamaño del fruto y de la productividad (fuente verificada: IRTA).
Aunque la mayoría de la superficie de algarrobo cultivada en España se trabaja en régimen de secano, con más del 90% del total, en los últimos años se ha registrado un incremento del número de plantaciones de regadío, utilizando mayoritariamente sistemas de goteo con estrategias de riego deficitario (fuente verificada: MAPA).
En materia de fertilización, en secano el algarrobo no suele abonarse, aunque las aportaciones de fertilizantes mejoran la productividad y el tamaño de los frutos.
Mientras en secano se aprovechan los periodos de lluvias para fertilizar debajo de la copa del árbol, en regadío se suele diferenciar entre la aportación de nitrógeno durante los meses de desarrollo vegetativo y los de producción; la aplicación de potasio para incrementar la calidad del fruto entre finales de mayo y julio; y el fósforo, para favorecer el desarrollo radicular y apoyar los procesos de floración y cuajado, aplicado preferentemente en otoño (fuente verificada: IVIA).
Sobre la poda del algarrobo, hay que diferenciar los diferentes periodos de desarrollo del cultivo.
La poda de formación suele ser muy ligera en los primeros años para no retrasar la entrada en producción. También se recomienda que la poda de producción sea escasa, cada 3 o 4 años, eliminando las ramas secas del interior del árbol para favorecer la iluminación y regular la producción, una labor que ha de realizarse tras la recolección y antes de la brotación, usando una pasta cicatrizante para cubrir los cortes gruesos (fuente verificada: IVIA).
La recolección de la algarroba se realiza entre los meses de agosto y septiembre, dependiendo de las variedades y las zonas de cultivo, pudiendo prolongarse hasta octubre en zonas más frías (fuente verificada: IRTA). Tradicionalmente se realiza de forma manual, aunque las nuevas plantaciones ya están diseñadas para la recolección mecanizada.
El cultivo de algarrobo en España tiene ante sí la posibilidad de dar un salto cualitativo y cuantitativo y convertirse en una alternativa real para los agricultores, pues aún le queda mucho margen de mejora en cuanto a la implementación de sistemas de regadío, de forma que obtenga producciones más elevadas y de mayor calidad. A ello se une la necesidad de modernizar las tradicionales técnicas agronómicas, optimizando los marcos de plantación, mejorando la elección del material vegetal más adecuado a cada zona y características del terreno, aportando los nutrientes necesarios y mecanizando labores como la recolección.
Todo ello con la vista puesta en aprovechar la demanda creciente del algarrobo en el mercado, así como sus características para consolidarlo como cultivo de alto valor. De la misma manera que se está haciendo con otros cultivos leñosos que están acometiendo la reestructuración de explotaciones tradicionales, dando paso a otras más intensivas, mecanizadas y modernas, asesoradas por técnicos y expertos con amplia experiencia, que minimizan el riesgo en la toma de decisiones y multiplican las posibilidades de tener éxito.
Las cotizaciones también están acompañando esta evolución. La algarroba ha pasado de precios cercanos a 0,20–0,30 €/kg a oscilar entre 0,70–0,90 €/kg, mientras que el garrofín ha alcanzado en campañas puntuales valores próximos a 10–14 €/kg (fuente verificada: lonjas y operadores del sector).